Microcuentos

(c) Enrique Páez, Cartílagos de tiburón, Ed. Taller de Escritura, Madrid, 2005
Más información en su web www.enriquepaez.com y en su blog enriquepaez.blogspot.com

Una lágrima tatuada El mismo día que cumplió los 9 años, Camilo presenció la muerte de su hermano Wálter, el único en el que confiaba. El flaco Vargas, un debutante de la Mara Barrio 18, le abrió el vientre de arriba abajo, y colgó sus intestinos de la canasta de baloncesto del parque. Esa noche Camilo se tatuó la primera lágrima, y supo que en algún momento tendría que reemplazar el hueco que su hermano Wálter había dejado en la Mara Salvatrucha. Nada más cumplir los 11, Camilo pidió entrar en la mara, y aguantó “el brincado” durante 13 segundos: la mayor paliza de su vida, de pie y sin caer al suelo. 13 veteranos de la Salvatrucha le golpearon sin piedad con patadas, cadenas, palos, cuchilladas y mordiscos. Sobrevivió gracias a que nunca dejó de pensar en los intestinos de su hermano Wálter chorreando de la canasta del parque. En la segunda prueba tuvo que cortarse las venas y confiar en que sus compañeros lo resucitaran. Para completar la iniciación, solo le quedaba matar con pistola o con navaja a un marero de Barrio 18. Eligió el cuchillo, y también a la víctima. Llevaba dos años esperando. Con 11 años la voz de Camilo todavía era lo bastante femenina como para confundir por teléfono al flaco Vargas. Lo citó en el parque, bajo la canasta de baloncesto, con promesas de amor y sexo salvaje. “Soy Carolina, mi amor, y ya no me aguanto las ganas”, le dijo. Lo esperó detrás de un arbusto. “Acércate, flaquito, que estoy aquí”. Le reventó la cara con el bate de béisbol de su hermano, le colocó unas esposas a la espalda, encadenadas a los pies, le tatuó con el cuchillo el nombre de su hermano sobre el pecho, y le cortó uno a uno todos los dedos de las dos manos con unas cizallas de podar viñedos. Lo dejó gritando y desangrándose bajo la canasta de baloncesto, seguro de que nadie acudiría a su llamada hasta después del amanecer. Camilo ascendió rápido en la jerarquía Salvatrucha, pero cuando supo que el flaco Vargas tenía un hermano con una lágrima tatuada, comprendió que tenía los días contados.
 Disciplina
No sabes quién ha sido el cerdo que se ha tirado el eructo mientras escribías en la pizarra, pero esos mocosos de mierda no se van a reír de ti, así que ordenas que se pongan en fila por orden de lista, hombro con hombro, que levanten la cabeza, que miren al frente, y que crucen las manos a la espalda. Preguntas, pero no responden. No quieren dar la cara. Ahora están callados, y sabes que te temen. Alguno de estos cobardes está a punto de llorar, pero no acabará el curso sin que hayas hecho de ellos unos hombres de provecho. Antes de empezar te frotas las manos para calentarlas. Notas que una pequeña erección te crece bajo el hábito. Es la santa ira, te dices. Te acercas a un extremo de la fila y empiezas a repartir bofetadas desde Aznar hasta Zaplana.
 La otra vida
Cada día, cuando se despierta, Bruno Avendaño, un profesor de autoescuela casado y con dos hijas, descubre que se ha convertido en una nueva persona: un adolescente de 16 años en conflicto con su primera novia; una anciana huraña encerrada en un asilo; un inmigrante sin papeles en una chabola de las afueras; un enfermo terminal en el pabellón de oncología; una violinista en una orquesta de cámara centroeuropea... Cada día, antes de desayunar, Bruno se entera por la decoración del lugar, el interior de los armarios, y los datos que le ofrecen los que le rodean, de quién es él en cada ocasión; y no le extraña que nadie se extrañe, porque todos andamos medios dormidos nada más despertarnos. Bruno ya está casi acostumbrado. Siempre ha sido así, aunque nunca le ha tocado ser Bruno, profesor de autoescuela. Y nadie lo sabe, excepto su mujer y sus hijas, con las que se encuentra cada noche, cuando está dormido.
 Tiempo muerto
La aguja infectada buscó la pupila de su ojo y se hundió en él perforando el globo hasta alcanzar la masa cerebral. Una vez allí descargó la anestesia y paralizó la actividad mental durante al menos tres horas. Una zarpa de acero le atenazaba el cráneo y le obligaba a mantener los párpados abiertos. Vio un arroyo de tiempo enfangado que desaparecía detrás del zapatero. Cuando la jeringuilla le hubo arrebatado todo el tiempo disponible, consiguió arrancarse la aguja. Logró levantarse del sofá y huyó por el pasillo rumbo al dormitorio, aunque antes de quedarse dormido se prometió a sí mismo nunca más volver a encender la televisión sin motivo.
 El lector sensible
Un lector aprensivo lee un libro sobre un hombre asustadizo que lee un libro el cual trata de un hombre muy impresionable que lee un libro. Cuando casi está llegando al final del libro, el lector aprensivo que está leyendo el libro sobre el hombre asustadizo que lee un libro, se suicida por culpa del libro que está leyendo. Esto sobrecoge al personaje asustadizo del libro que está también leyendo un libro de un hombre impresionable que lee un libro, y también se descerraja un tiro antes de acabar de leer su libro; por lo que el libro queda siempre inacabado, en un limbo de espejos perplejos, como de sobra ha demostrado ya la lingüística del texto.
 Comisaría
Sueño que me torturan, que me arrojan por la ventana del quinto piso de una comisaría y caigo al vacío. Me golpeo contra el suelo y sé que no estoy muerto, pero tengo demasiados huesos rotos como para poder levantarme. La humedad de la cara debe de ser sangre caliente, pero me despierto y reconozco a Bongo, mi peludo husky, que me lame el rostro tras caerme de la cama. La misma pesadilla de siempre. Me relajo y respiro hondo. Con los ojos cerrados noto una especie de lluvia caliente sobre mi cara. Qué extraño. Abro los ojos y veo a cuatro policías orinando sobre mí. Me espabilo del todo y reconozco por fin el patio interior de la comisaría.
 Génesis de una nueva especie
Al principio empezó a comerse las uñas. Era algo inconsciente, automático. Luego siguió con los pellejos, las pieles duras y los padrastros. Tal vez fuera el hambre, o tal vez solo capricho, pero no podía dejar de hacerlo. A veces se hizo sangre, pero chupaba el líquido caliente y poco a poco la llaga cicatrizaba. Un día, esperando un autobús que nunca llegó, se comió sin querer un dedo, la mano, el brazo, y el cuerpo entero. Cuando quiso darse cuenta se había dado la vuelta a sí mismo. Desde entonces no necesitó más alimento. Acababa de nacer el catoblepas.
 La Odisea II
Ulises sigue buscando las playas de Itaca. Han pasado 28 siglos desde que perdió el rumbo. De vez en cuando le parece que ha llegado, que está de nuevo en la tierra prometida, pero Eolo hace que la patera vuelque, y Poseidón disfrazado de patrulla costera lo recoje y lo devuelve al origen, al mundo perdido, otra vez lejos de Itaca.
 Historia de amor
Aquella ballena se enamoró del hidroavión que llevaba y traía cartas y alimentos a los científicos de la base austral. El hidroavión no dijo nada, pero a su manera también la amaba. Andrew Schultz, el piloto, dijo que no lo sabía, pero tras el accidente, ya en el hospital, horas después de que un helicóptero lo rescatara de entre los pingüinos, jura que vio a los amantes danzando felices bajo el iceberg.

(Del libro "Cartílagos de tiburón " de Enrique Páez. Ed. Taller de Escritura, Madrid, 2005. Prohibida su reproducción sin permiso del autor)
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