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Historia, secuelas y futuro de un taller |
Taller de Escritura (inicio)
Hace diecisiete años, en septiembre de 1993, después de un pavoroso verano en Calella del Mar cercado por hooligans y karaokes, puse en funcionamiento el Taller de Escritura de Madrid. Al principio, durante los cinco primeros años, en realidad se llamó Taller de Escritura Enrique Páez, sin más. Yo tenía entonces 38 años, cuatro novelas juveniles publicadas en el Barco de Vapor y en la editorial Bruño, y un hijo de trece años. Dinero no. Ni siquiera podía permitirme pagar el alquiler completo de una casa en Madrid, así que todavía compartíamos piso en la calle Monteleón 15, el epicentro de Malasaña, con Annie Pinto y su hija Marta. Las dos eran estupendas, pero estaban aún más perdidas que yo, que ya es decir. Los amigos de Annie que pasaban por allí tampoco ayudaban mucho a despejar dudas, sino más bien a fomentarlas: Miguel Ángel Mendo, Félix Lorrio, Antonio Lafuente (los tres Yetis), Moncho Alpuente, Blanca Berlín, Patricia, Jaime, Enrique Camarasa, Polo y los congelados… 
La movida madrileña languidecía de modo soporífero, y los yonquis morían a decenas en la plaza del Dos de Mayo, a cincuenta metros de nuestro portal, con las jeringuillas clavadas en los brazos y atragantados por las ensaimadas de crema de la pastería La Oriental. Pasé tanto frío aquel año que mis uñas se tiñeron de azul, como las de los tuaregs del sur de Mauritania. En los diez años anteriores yo había estado dando clases en colegios de primaria (Daoiz y Velarde en Alcobendas, Parque Aluche y Juan XXIII en Madrid, Public School 52 Sheepshead Bay en Nueva York), institutos de secundaria (Rey Pastor en Madrid, John Dewey High School en Brooklyn, NY), y hasta una universidad privada (Tracor Arts School, en Madrid). Pero, aunque estaba cerca, aún no había encontrado mi sitio, mi lugar de trabajo. Lo encontré después del verano. Lo imaginé en agosto, sentado en una silla de lona en la playa de Calella, mientras Aída escandalizaba a su tía Marisa relatándole cómo su novio le pegaba de vez en cuando, pero sin mala intención, porque era su forma de expresarse. --Cada uno es como es, ¿no, tía?
--Claro. Tú, por ejemplo, eres tonta, Aída.
 Ese verano yo sabía que estaba haciendo algo mal, o que me faltaba hacer algo para cambiar el extraño círculo de tiza en el que estaba atrapado. Así que me leí tres o cuatro libros de autoayuda: Mis zonas erróneas, la historia del ratón cabreado porque alguien se había comido su quesito, Cuando digo NO me siento culpable, y hasta uno de Dienética, que aún no sé muy bien qué es. El pudor me impidió leer Usted puede sanar su vida, de Louise L. Hay. Estaba desesperado, había vendido mi alma al diablo, pero aún era decente.
No puedo decir que esté orgulloso de aquellas lecturas de Reader’s Digest, pero todos tenemos un pasado oscuro, y esto es una parte del mío. Otros votaban a Zaplana y a Álvarez del Manzano, y yo no dije nada.
En algún momento de esas lecturas erráticas, me caí del guindo. “Voy a montar un Taller de Escritura”, me dije. Yo había sido invitado como autor en dos ocasiones al Taller de Escritura de Clara Obligado para someterme a las preguntas de sus alumnas. Y Norma, mi amiga Norma, la que dejó viudo a Roberto Pepe y huérfano al pequeño Andrés, había muerto de cáncer unos años antes después de importar el modelo de talleres literarios desde Argentina. Irene Fernández Núñez todavía recuerda sus reuniones amasando arcilla para empaparse de tierra dúctil antes de arrancar palabras con el lápiz. Así que empecé a diseñar los programas de estudio, la estructura del Taller, y la publicidad. Fue el momento preciso, porque mes y medio después tenía seis grupos de 15 alumnos cada uno asistiendo a mis clases del Taller. José María Delgado Aguiar fue el primero en matricularse, a mediados de septiembre de 1993. Al principio fue un poco extraño, porque ni siquiera tenía local (impartía las clases en el salón de casa), ni sillas suficientes para todos ellos. Annie y Patricia se escondían como colegialas detrás de las cortinas para escuchar los relatos de los alumnos, y cuchicheaban como cotorras. En el Pepe Botella, el bar de María y Carlos que aún está en la Plaza del Dos de Mayo, me senté con los primeros alumnos de la tarde. Patricia Rivas siempre se sentaba a mi izquierda, mientras Marava Dominguez Torán, la pesadilla de Leopoldo María Panero, no paraba de hablar. Pero eso solo fue durante el primer mes de octubre, porque en noviembre ya nos habíamos mudado a la calle Manuela Malasaña 33, y allí permanecimos los cuatro primeros años. Las sillas de tijera que compré en el Rastro aún están en el Taller. ¿No os acordáis de la mesa larga, fabricada con dos tablones de aglomerado contrachapado de un metro por dos, alrededor de la cual nos sentábamos a escribir y leer los primeros cuentos? Seguro que sí.
Efectos secundarios
Los alumnos que se matriculaban en el Taller de Escritura sufrían extrañas mutaciones en poco tiempo. Cambios en la percepción de la realidad, y hasta de la visión del mundo. La primera que me lo dijo fue Patricia Rivas, a los dos meses y medio de asistir a clase.
--Enrique, me pasa una cosa rara. Ahora, cuando leo un libro, al tiempo que estoy leyendo empiezo a preguntarme por qué el autor utiliza ese narrador en tercera persona, o por qué describe así el parque que cruza caminando el protagonista. Está bien, me hace gracia, pero temo estar perdiendo parte de la historia.
--Normal --le decía yo--. Puede que se pierda un poco de inocencia lectora, pero se gana en profundidad, y el nuevos niveles de comprensión del texto. Estás empezando a ver no sólo la historia que se narra, sino también los andamios de esa novela, los materiales, la estructura, y hasta los trucos y las trampas, si las tuviera. Y Patricia se quedaba pensando si esa nueva forma de leer era más o menos placentera. La verdad es que no está muy claro. Es como descubrir, de pronto, que los Reyes Magos son los padres, o que el ratoncito Pérez no es el que te deja una moneda bajo la almohada cuando pierdes un diente de leche. Adiós a la inconsciencia lectora. Es otra forma de mirar, no dijo mejor ni peor, pero tal vez sí más consciente. Los arquitectos también observan las casas con otra mirada que perfora los muros, y los actores acuden al teatro para disfrutar de las obras al tiempo que desnudan los gestos de sus compañeros de farándula.
A los seis meses, ese virus deconstructor nacido de la puesta en marcha a través de la escritura de ficción de diferentes técnicas narrativas, ya contagiaba al cine, y los alumnos descubrían gazapos en los guiones, lugares comunes en la construcción de personajes, y algunas traiciones grotescas en las historias que se narraban en las pantallas por motivos comerciales, por corrección política, y por darle coba a los espectadores blandos. --No sé si acabaré detestando el cine, y leer, y el teatro --se quejaba Patricia.
--Que no, mujer, que seguirás disfrutando, pero en estéreo. Antes te conformabas con una sola lectura, y ahora eres capaz de ver varias dimensiones. No perderás el placer de la lectura. Pero yo sabía que mentía. Una vez que se aprende a escribir ficción, a manejar el punto de vista, los adjetivos, los personajes, el tono, y el suspense, la técnica desenmascara buena parte de la magia. Hay un niño que muere en ese aprendizaje, que asimila los rudimentos de la magia, y ya es difícil engatusarle. Sí que se pierde un placer de la lectura. Ese concreto, el de la sorpresa, el de la indefensión, el de la desnudez frente al texto. A partir de ese descubrimiento, es más difícil que una novela romántica nos haga llorar, es casi imposible que una novela de terror nos arranque un grito a media página. Nos convertiremos en críticos sabihondos, y nos protegeremos de la emoción infantil con el escudo del conocimiento. Seremos lectores aguafiestas, pepitogrillos irritantes. Y los perjudicados seremos nosotros mismos. Nos convertiremos en magos, es posible, pero dejaremos de creer en la magia.
Nada es gratis en este mundo. Si ganas algo, pierdes algo. Que lo sepas.
Las secuelas del Taller
Para algunos alumnos, asistir al Taller de Escritura no significó solo un cambio de mirada sobre las cosas, sino un cambio más radical: un cambio de profesión, de vida. Dos semanas antes de inaugurar con la primera clase el primer año del Taller de Escritura, recibí una carta manuscrita por correo postal (ahora hay que especificarlo, pero hace 15 años el correo electrónico apenas existía). La carta, con cinco cuartillas arrancadas de un cuaderno escolar cuadriculado, narraba con letra apretada la historia sanguinaria de la Bella Durmiente, una máquina de matar, una asesina en serie que se ocultaba en el bosque rodeada de sangre y cadáveres descuartizados. Era un relato muy imperfecto, pero con una fuerza descomunal. Lo firmaba un estudiante de 4º de Matemáticas: Carlos Molinero. En la última cuartilla me confesaba que no tenía dinero, que sus padres nunca le pagarían el curso, y que quería asistir al Taller de Escritura por encima de todas las cosas. Para ablandar mi corazón y solicitar una beca, había añadido el cuento sangriento. Yo no tenía pensado conceder becas, pero le contesté que sí, que podía acudir a mis clases sin pagar nada. Durante el primer año acudió puntualmente a mis clases y terminó publicando el relato Megaclean, uno de los mejores del libro Historias para adultos imperfectos. El segundo año, dedicado a la novela, resistió mano a mano con Manuel Martínez Lunar hasta final de curso con la novela macabra de un repartidor de pizzas. Carlos terminó la carrera de Matemáticas ese año, colgó el título universitario en una de las paredes del cuarto de baño de su casa, y se matriculó como guionista en la primera hornada de la Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid. Ahora que han pasado algo más de diez años, tiene un Premio Goya como guionista de Salvajes, ha dirigido dos largometrajes, ha escrito una buena cantidad de capítulos de series en televisión (Querido maestro, Quart, El comisario, Paco y Veva), y es el vicepresidente de ALMA (Autores Literarios de Medios Audiovisuales), sindicato de guionistas de España. Las matemáticas me sirven para escribir guiones cuánticos, dice. No hace falta que pague los cursos que recibió gratis, porque desde hace siete años da clase en el Taller de Escritura con Clara Pérez Escrivá. Es el profesor de Guión de cine, pero sobre todo es uno de mis mejores amigos.
Puede que este sea también un efecto secundario del Taller de Escritura, aunque algo más severo que el que describía antes: un cambio insólito de profesión. También le pasó a Javier Sagarna, que era farmacéutico al entrar en el Taller, y salió como director de la Escuela de Escritores. O a Cristina Cerrada, que trabajaba de informática en El País, y ahora es novelista y profesora de novela en Fuentetaja. O Ignacio Ferrando, que era aparejador, y ahora es profesor de escritura y ganador de todos los concursos a los que se presenta. O Eugenia Rico, la novelista que dejó una deuda acumulada de más de dos años en el Taller (Yo es que no le pago ni a mi psicoanalista, decía). O un gran número de profesores de escritura creativa que imparten sus clases en Madrid ahora mismo, y que aprendieron buena parte del oficio que les cambió la vida en el Taller de Escritura, como es el caso de Carlos Sobrino, Inés Arias de Reyna, Mariana Torres, Magdalena Tirado, Ignacio Ayerbe, Enrique Valladares, Víctor García Antón, Juan Carlos Márquez, Mar Redondo, David Gallego, María José Codes, Chema Gómez de Lora, Isabel Cobo, Elena Belmonte, Clara Redondo, Antonio Rodríguez Menéndez, Alfonso Fernández Burgos, María Tena, Virginia Ruiz, y algunos más que ahora mismo se me escapan de la memoria.
¿Y a Enrique Páez? ¿No le cambió la vida a Enrique? Vaya. Es difícil resumirlo. Para mí el Taller no fue un proyecto empresarial, sino un pulmón a través del cual respiraba en la vida. La biografía del Taller está entretejida con la mía de modo indestructible. No es como un hijo, del que uno se siente orgulloso y por el que daría la vida, porque un hijo es ajeno, por más que se abracen posturas de madre garrapata. Un hijo crece y se independiza, y hasta es capaz de reproducirse, y enterrarnos, sin mayores remordimientos. Pero para mí el Taller fue más bien un cáncer de luz, una pandemia gozosa que logré infectar a unos cuantos. Ahora el virus está descontrolado. Temblad, humanos.
Lo que no suma, resta
El día que Paco Mañas leyó su séptimo relato, ya llevábamos casi tres meses de clases en el Taller, y casi todos los alumnos eran capaces de localizar los lugares comunes más relevantes en los escritos ajenos. Siempre en los ajenos, porque en los propios es más difícil: están demasiado cerca, han sido cosidos con hilos invisibles de sangre y lágrimas, y están empañados por las vivencias. No recuerdo demasiado del relato, pero sí recuerdo, imposible olvidarlo, que en un momento de la historia Paco presentó a un nuevo personaje ante la audiencia: “Juvenal era un muchacho animoso y optimista”. La carcajada despertó de la siesta al vecino del tercero izquierda. Paco enmudeció, de pronto, sin saber qué había pasado, se ajustó las gafas y nos miró con asombro. Ya éramos amigos, así que habíamos empezado a perdernos el respeto. Isa Cañelles, que era más miope que Paco, pero igual de sensible, le explicó, entre risas, que no podía describir como “animoso y optimista” a un personaje que, para mayor obviedad, se llamara Juvenal, y fuera, qué remedio, un muchacho. “Animoso y optimista”, les recordé, son abstractos, inasibles, imposibles de fotografiar. Don´t tell, show (No lo digas, muéstralo). Demasiadas obviedades, demasiada impostura, demasiados adjetivos innecesarios, demasiadas redundancias, y poca naturalidad. “Pues no sé por qué no voy a poder decir de mi personaje que era animoso y optimista”, se quejaba Paco. Otra carcajada. Paco era un buen tipo, y aguantaba el chaparrón con entereza. Creo recordar que era ingeniero, curtido en ensayos de fatiga de materiales. Celia Herrero, la periodista, trató de calmarlo: “Déjalo, Paco, no discutas, que esta vez no llevas razón”, le decía. Yo intenté convencerle, una vez más, de que en un relato lo que no suma, resta. Que animoso es casi lo mismo que optimista, o está muy cerca, y que son notas propias de cualquier muchacho, que además se llamara Juvenal. Que era parecido a decir que “La pequeña Esther se durmió con una sonrisa infantil en los labios”. ¿Acaso una niña tiene otra opción diferente a la de poseer una sonrisa infantil? Otro asunto sería que la niña Esther se durmiera con una sonrisa perversa en los labios, porque, en principio, la perversión no pertenece al campo semántico de las niñas. Todavía.
“Ponme otro ejemplo”, decía Paco.
Vale. Exageremos un poco, para que lo veas: “La blanca, suave y esponjosa nieve caía mansamente sobre los tejados”. ¿Que qué sobra? Casi todo. Para empezar, los adjetivos “blanca, suave y esponjosa”, porque la nieve, en sí misma, no tiene más remedio que ser blanca, suave y esponjosa. Además, al tener los adjetivos antepuestos al nombre, hacen que la nieve sea aún más blanca, suave y esponjosa. Y para colmo, a la nieve no le queda más remedio que “caer mansamente”, así que sobra todo lo obvio, lo redundante, lo que no hace sino repetir rasgos intrínsecos de la nieve, y que, por lo tanto, enlentecen el relato. Solo con función enfática (lo vi con mis propios ojos) se podría admitir ese exceso.
Paco tenía paciencia. Aguantó tres años en el Taller de Escritura, y terminó escribiendo buenos relatos. Publicó varios en las antologías del Taller. Y sigue siendo un buen amigo, al que echo de menos. Pero desde entonces, como castigo cariñoso, para nosotros fue el animoso y optimista Paco.
 Con sabor a Sugus
El sábado pasado, 14 de junio, me desperté temprano, pero no encontré a ningún dinosaurio haciendo guardia. Debería haber mirado debajo de la cama, que es donde estaba. Creí, tonto de mí, que iba a ser el primer sábado de mitad de junio que yo no iba a estar en la sala Clamores de Madrid presentando el nuevo libro del Taller. Ringo y Pepa dormían debajo de la mimosa del jardín. Madrid quedaba lejos, a casi 300 kilómetros cruzando tres autonomías, y no era necesario estar allí. Más que nada porque el Taller de Escritura de Madrid se cierra, y este año no había editado un nuevo libro con relatos de los alumnos: Cuatro meses de recopilación y edición cada año, desde el primer volumen Historias para adultos imperfectos de 1994, hasta el último Mentira cochina de 2007.
Pero me equivocaba.
Más de setenta conjurados, acaudillados por una tal Beatriz Montero de las altas Torres, me tenían preparada una encerrona y estaban acuartelados bajo la cama, apretujados contra un dinosaurio que respiraba pesadamente.
En los últimos cuatro meses yo he estado semisecuestrado por mí mismo escribiendo la novela 120 kilos. Los que leen mi blog lo saben, la han ido leyendo al hilo de su escritura, y han intervenido con consejos sabios cada vez que yo levantaba infundios contra el protagonista, o cada vez que le obligaba a hacer lo que no podía hacer. Dejar de comer, por ejemplo. Y con tantos kilos de novela (que es breve, a pesar de los 120 kilos de Camilo), no me di cuenta que desde hacía cuatro meses decenas de relatos y fotos llegaban en lenguaje binario hasta el ordenador de Bea, y cómo ella se iba hasta Béjar a comprar tomates y cerezas del Jerte, pero en realidad a editar y componer en la imprenta de Luis Felipe Comendador el libro naranja titulado “Con sabor a Sugus”. El número 15, el que cierra los 15 años del Taller de Escritura de Madrid.
Así que me desperté, me duché, me lavé los dientes, me afeité (es que soy muy limpito, mire usted), me inyecté 38 unidades de insulina Lantus y 10 de Humalog, y bajé a desayunar. Café con leche, tostadas con mermelada casera (nos sale riquísima, una receta de Arguiñano, quien quiera, que pregunte), y fue cuando Bea me dijo:
--Termina pronto, que nos vamos a Madrid.
Hacía un sol estupendo. Yo llevaba ya unos días imaginando las aventuras de Lidia adolescente, mi próxima novela, y me frotaba las manos sabiendo que el fin de semana la pondría en marcha. El río Ambroz bajaba con fuerza, haciendo sonar los guijos en los remolinos que se forman a la sombra del fresno.
--Y un cuerno, yo no me muevo --le dije--, ya iremos otro día.
--Que no, que tenemos que ir hoy mismo.
--Anula lo que sea. Nos quedamos --insistí.
--Nos vamos, mira que eres testarudo --dijo Bea--, y me dio con un libro en la cabeza. Tenemos cuatro o cinco mil libros en casa, hace tempo perdí la cuenta. Pero los conocía todos. Todos menos ese. “Con sabor a Sugus”. Se lo quité de las manos, y se me hizo un nudo en la garganta. “15 años del Taller de Escritura de Madrid”, decía el subtítulo calado en blanco sobre un fondo naranja. Entre naranja y mandarina. Casi podía olerlo.
Solo entonces me di cuenta. En las solapas y en el índice firmaban 70 autores, entre los que están la propia Bea, mi hijo Elías, Emilio, los diez profesores que han dado clase en el Taller durante todos estos años, un montón de amigos, y tres montones de alumnos y alumnas. 214 páginas de recuerdos compartidos, abrazos, memorias, besos, anécdotas, saudades, ficciones, 50 fotos a todo color, recortes de prensa, programas del Taller. Y dos lagrimones como dos piñones que se me cayeron sobre sus páginas. Otro libro con páginas ahuecadas.
 En la contracubierta Bea había escrito:
“Enrique Páez anunció en enero de este año que en junio clausuraba el Taller. Y después de anunciarlo entró en un coma nostálgico que le quitó las ganas de fiestas de despedida y más aún, le quitó la ilusión por hacer el libro de fin de curso. El último libro. A escondidas me puse en contacto con alumnos, profesores, y entre todos hemos hecho lo que a nuestro modo son las memorias de estos 15 años de Taller. El libro guarda anécdotas, recuerdos de primeros días del Taller, resbalones con la escritura, premios, amoríos, reflexiones, secretos inconfesables, relatos fantásticos y gamberradas.
Todos coincidimos en lo mismo: Enrique ha marcado nuestras vidas. Por eso este libro pretende ser también un regalo de agradecimiento y de reconocimiento al maestro de los maestros: Enrique Páez”.
--La presentación es esta tarde, en Clamores, a las siete, como todos los años --me dijo Bea--. Piensan ir todos y algunos más.
--Vámonos --le dije sin soltar el libro de la mano. En el viaje (condujo Bea) estuve leyendo el libro entero, y volviendo a ver todas las fotos en las que estamos, o estoy, con Augusto Monterroso, José Luis Sampedro, Luis Landero, Germán Sánchez Espeso, Luis Antonio de Villena, Medardo Fraile, y decenas de amigos más. 300 kilómetros con un nudo en la garganta. 15 años de memorias concentrados en 300 kilómetros. Habría necesitado un extra de muchos miles de kilómetros para poder asimilarlo.
Antes de llegar a Madrid, a la altura de Ávila, yo ya estaba congestionado. Comimos en un japonés junto a la plaza de Olavide, y el salmón crudo me pareció mucho más fácil de digerir que las emociones.
 En la sala Clamores me abracé a mi hijo Elías, Lara López, Josheras, Gabi Llanos, Mila, Álvaro Cerezo, Elisa Agudo, Sonia Aldama, Carmen Cacho, Emilio Montero, María José Codes, Emilia G. Fidalgo, David Gallego, Luisa Mari y José, Carmen García Romeu, Ángeles Lorenzo, mi hermano Tito con Sonia, Marisa Mañana, Ángel Zapata, Inés Mendoza, Paloma Vallhonrat, Javier Sagarna, Chema Gómez de Lora, Jesús Urceloy, Marisol Huerta, Magdalena Tirado, Amparo Seijo, Mariana Torres, Inés Arias de Reyna, Alfonso Fernández Burgos, Ángeles Lorenzo, Chus Melchor, Pedro Sánchez Torrente, Carlos Molinero, Ana Villa, Clara Pérez Escrivá, Carmen Cacho, Elena Yáguez y Héctor, Victoria Santesmases, Isabel Cañelles, Elmo y Ari, Germán, Teresa Sotillos, Pilar Tesorero, Alma y Emilio, mi hermano Javier con Elena, Flor Moral y su hermana, Ana Añón, Pili Mera, Cesi Sánchez Turanzas, Pepe San Leandro, Fernanda Cabral, Germán Sánchez Espeso y no sé cuantos más (no podré decir todos los nombres, aunque a todos los conozca, porque eran cerca de ciento cincuenta).
Esa tarde, en el hotel, después de comer, había escrito esto en previsión de que entrara en shock y no pudiera decir una palabra:
“A veces soy muy lento, preguntadle a mis hermanos que están por aquí, a Tito, a Javier, así que cuando esta mañana me enteré, tarde, muy tarde, que me habíais preparado una encerrona, esa, esa, ha sido esa, se llama Bea, podéis decir, que yo la he visto, que no se haga la despistada. Si ya sé yo que ha sido ella, si ya la conozco.
Bueno, pues digo que cuando me enteré, me dije, ya está, un homenaje póstumo, estoy muerto, a joderse.
Pero resulta que no, que aún no me he muerto, que yo sepa. Así que si no es eso, pues va a ser que me quieren hacer llorar. Hala, ¿que dejas el Taller de Escritura?, pues mira, aquí nos ponemos todos juntos, haciendo la ola hasta que se te caigan los mocos. Y no sé para qué, qué necesidad hay, por qué ensañarse, en fin, imagino que es una venganza, y que habéis ensayado ya la canción para que, cuando se me caiga una lagrimita cursi, a coro empezar a cantar eso de “Cállate, niño, no llores más”. Pues no pienso daros el gusto, así que más vale que Zapata se suba aquí y empiece con aquello de “Y se marchó, y a su barco lo llamó libertad, y en el cielo descubrió gavioootas, y pintó estelas en el mar”.
Porque 15 años no es nada. Yo siempre he sido así de calvo, así de feo, así de cascarrabias, así de frío, así de muermo. Y a pesar de ello tenéis que saber que Bea me aguanta, y hasta me organiza estos sanfermines para que noventa toros disfrazados de alumnos y profes me lancen relatos y memorias, para que resbale y tropiece en la curva de la calle Estafeta, o me caiga por las escaleras del Clamores, menuda juerga.
Tengo que decir que por primera vez en 15 años he leído el libro del Taller después de estar publicado. Que es lo normal, supongo, pero a mí siempre me tocaba encargar los relatos, leer, corregir, editar y distribuir. Ahora yo soy el lector, y os leo, y descubro que el Taller ha sido una pieza clave en vuestras vidas, que a algunos les ha cambiado la profesión, que a otros les sirvió para zambullirse finalmente en la literatura, y que hasta hubo quien encontró el amor de su vida dentro del aula, como me pasó a mí con Bea, o a Concha y Carmen, o Ángel e Inés, o a Chus y Pedro, que incluso tienen una hija que ha escrito un poema en el libro, y que consiguió que soltara otra lágrima esta mañana, dentro del coche, sin que me vieran.
No me es posible daros las gracias uno a uno, porque tendría que ser con grandes y largos abrazos, así que o nos vamos todos a pasar el verano a un camping y allí os lo detallo, como debería ser, o simplemente me quedo aquí acojonado, pensando si no será que soy un difunto y aún no lo sé, pero es raro, porque por aquí está mi hijo Elías, y también ha escrito sus memorias parricidas en el libro; y también están algunos de mis hermanos, Tito, Javier; y mi tía Chitín, que sigue teniendo quince años aunque su pasaporte diga que tiene ochenta y siete; y mis suegros, y mis cuñados, y los profes que llevan tantos años dando clase conmigo: Chema Gómez de Lora, Javier Sagarna, Ángel Zapata, Alfonso Fernández Burgos, Isabel Cañelles, Carlos Molinero, Jesús Urceloy, Mila García Guerrero, Ángeles Lorenzo, Nacho Ferrando y Beatriz Montero, y que han escrito en este libro las páginas y las dedicatorias más hermosas que jamás he leído. Y todos los alumnos y alumnas que estáis aquí, amotinados pero con cara de yo no he sido, yo venía nada más a tomarme una cerveza. Joder, pero si han venido hasta mis amigos de la Facultad, que veo ahí a Victoria. Debería deciros que sois todos unos hijos de puta, una panda de cabrones que tratáis de minarme la moral. Pero sé que en el fondo no hay mala leche, era solo una broma pesada, como en ese chiste malo, porque yo soy Piscis, no cáncer, qué mala sangre. Venga, vámonos a cenar, que aquí Germán va a echar el cierre, que sois unos pesados, coño, que no hay quien os aguante. Hale.”
Luego me hicieron cantar a capella, con Javier Sagarna (gracias por acompañarme, Javier), “Yo soy aquel”, de Raphael, versión asesinos en serie. En algún momento estará colgado en Youtube, al tiempo.
Dediqué unas cuantas decenas de libros. Y después nos fuimos a cenar a La gata Flora (esa que dicen que si se la metes grita, y si se la sacas llora). Menos mal que Bea había reservado: “Buenas, que veníamos a cenar, somos 60”. Y cerraron el restaurante para nosotros. Luego, a las 12, como Cenicientas enfermas, nos pusimos a hojear libros en la librería de relatos “Las tres rosas amarillas”, que está justo enfrente del restaurante, porque aún estaba abierta. El dueño también fue alumno del Taller, hay que joderse, a veces me pregunto si hay alguien que no haya pasado por el Taller en estos 15 años.
Y venga a darnos besos y abrazos. Y yo aún no había muerto. A la una nos fuimos al karaoke de la plaza del los Mostenses, en que está escondido dentro del parking, junto a la Gran Vía. Allí Isa Cañelles, Amparo Seijo, Inés Arias de Reyna y Mariana Torres (cuatro profes de la Escuela de Escritores, antiguas alumnas también del Taller de Escritura, qué le vamos a hacer) cantaron Resistiré. Y muy bien, por cierto, con movimientos sensuales que dejarían ojipláticos a todos sus alumnos. Luego yo canté el clásico Cállate niña versión kale borroca; Sergi Bellver una hermosa canción en inglés, y le pedí Ángel Zapata que cantara una vez más “El gato que está triste y azul”, pero no lo conseguí, creo, porque a las tres, cautivo y desarmado como el ejército rojo, me fui al hotel. Allí se quedaron, buscando nuevas canciones en el menú del karaoke, Pableras, Alfonso, Magdalena, Ángel e Inés, Isa, Amparo, Mariana, Ismael, Sergi, Teresa, Ana Añón, Pili, Cesi, Carmen, Concha, todos los de las Tres rosas amarillas, algunos más que mi memoria pretende ocultar sin conseguirlo.
Y quince años de Taller y de escritura.
Qué noche. Cómo olvidarla.  
Taller de Escritura de Enrique Páez: A partir de ahora...
Para contratar el Taller de Escritura habrá que ponerse en contacto con Enrique Páez por email, enrique@tallerdeescritura.com , y solicitar sus servicios profesionales. Ya no hay una sede física ni un aula estable. No existen cursos programados, ni anuales ni trimestrales. Enrique Páez dictará cursos allá donde se solicite su presencia. Si hay presupuesto, la posibilidad de llegar a un acuerdo es elevada. De manera aproximada, se podría calcular el costo de un Taller multiplicando el número de horas por 120 euros , y añadiendo gastos de desplazamiento desde Tenerife, alojamiento y dietas. Ya no son los alumnos y alumnas los que se matriculan directamente en el Taller de Escritura, sino las bibliotecas, ayuntamientos, casas de cultura, institutos o instituciones los que contratan el Taller y aportan el aula y los alumnos. El Taller puede consistir en una clase magistral de dos horas de duración (con un ejercicio práctico de escritura de un microcuento por parte de cada uno de los asistentes durante la propia sesión), o varias sesiones intensivas a lo largo de no más de 5 días consecutivos y 30 horas en total. El Taller de Escritura se puede adaptar también a las necesidades de los asistentes: puede ser para niños, adolescentes y adultos. Enrique Páez t ambién se puede impartir cursos especializados para docentes, profesores de escritura creativa y escritores.
Los cursos pueden impartirse en español, inglés o portugués. Para otros idiomas el cliente tendrá que suministrar un intérprete.
A reglón seguido hay un ejemplo de programa anual que Enrique Páez ha impartido regularmente a lo largo de 15 años en el Taller de Escritura de Madrid.

CURSO DE RELATO BREVE
Objetivos:
Activar el deseo de escribir y p roporcionar estrategias para desbloquear la escritura.
Descubrir los principales componentes estructurales básicos de una narración.
Aplicar los principales elementos técnicos que intervienen en el proceso de creación de un relato: el punto de vista, los personajes, el tiempo, la visibilidad, etc.
Analizar, desde un punto de vista literario, los defectos más comunes a la hora de narrar y los criterios de valoración del texto desde una perspectiva literaria.
Sesiones de 2 horas de duración. En cada sesión se proporcionarán y comentarán los materiales teóricos, y se realizarán diversas propuestas de escritura. La lectura y comentario de los textos que se obtengan a partir de las mismas, permitirá profundizar en el análisis del proceso de construcción de un texto y diseñar estrategias para mejorarlo: En la actualidad, a partir de octubre de 2010, el Taller de Escritura que imparte Enrique Páez es itinerante. Eso quiere decir que se desplaza a cualquier lugar del mundo donde se solicite que sea impartido (Madrid, Canarias, Buenos Aires, Singapur...).

Primer bloque
. Ejercicios de desbloqueo
. El punto de vista del narrador
. Los actores de la historia
. La construcción de la escena
. El interior de un armario (el espacio)
. Un reloj de mentira (el tiempo)
. El realismo sucio
. Escribir a partir del final (Poe)
. El final inexistente (Chéjov)
. La naturalidad del diálogo
. La memoria literaria
. El diario personal
Segundo bloque
. El humor disparatado
. Las historias cruzadas
. Describir con los cinco sentidos
. La voz del interior (monólogo)
. Las greguerías y los microgéneros
. Núcleos, catálisis, informantes e indicios
. La tradición del plagio
. El binomio fantástico
. Los haikus y la poesía Zen
. Guía de corrección de un relato breve
. Los decálogos del escritor
. Las historias entrecruzadas
Tercer bloque
. El relato infantil y juvenil
. Entre líneas (lo no escrito)
. El relato policiaco
. Los relatos de fantasmas
. Las funciones de Propp
. El relato erótico
. Los microcuentos
. El guión de cine
. La metáfora de situación
. El narrador equisciente
. Soy un bicho: metamorfosis
. Las vacaciones del escritor


Taller de Escritura: Los recursos de la creatividad
Cuatro sesiones de 2 horas de duración cada una. En cada sesión se proporcionarán y comentarán los materiales teóricos, y se realizarán diversas propuestas de escritura. La lectura y comentario de los textos que se obtengan a partir de las mismas, permitirá profundizar en el análisis del proceso de construcción de un texto y diseñar estrategias para mejorarlo:
Sesión 1 (2 horas): El binomio fantástico: A partir de las propuestas de Gianni Rodari, plasmadas en su Gramática de la fantasía , pondremos en práctica la técnica de generación de historias conocida como “El binomio fantástico”, diferente del binomio lógico.
Sesión 2 (2 horas): Las funciones de Propp: La escuela formalista rusa revolucionó el análisis y la concepción del cuento clásico. A partir de las estructuras analizadas por Vladimir Propp, siguiendo el camino inverso, se pueden generar nuevos textos.
Sesión 3 (2 horas): El monólogo interior: Desde Dujardin y Joyce el monólogo interior se ha convertido no sólo en una definitiva técnica narrativa, sino también una poderosísima fuente de nuevos textos y nuevas maneras de ahondar en la realidad y el subconsciente.
Sesión 4 (2 horas): Las historias entrecruzadas: Contar dos historias al mismo tiempo, no de modo sucesivo, sino en paralelo. Cómo desarrollar, mezclar y amplificar los argumentos escritos por otros. Intercambiar textos y espesar tramas.
Profesor: Enrique Páez. Licenciado en Literatura Hispánica y cursos de doctorado en Teoría de la LIteratura (Universidad Complutense, Madrid). Actualmente se dedica a escribir en exclusiva.
Recibió el Premio Lazarillo de narrativa en 1991 por la novela Devuélveme el anillo, pelo cepillo. Después publicó Abdel , El club del camaleón, Un secuestro de película, Renata y el mago Pintón, y La olimpiada de los animales , todas ellas dentro de la literatura infantil y juvenil. Ha sido traducido a nueve lenguas. Coautor, con Andrés Amorós y Leonardo de la Literatura.
Además de escritor, ha trabajado como editor y profesor de Lengua, Literatura y Creación literaria en Madrid y Nueva York (primaria, secundaria y Universidad). Autor de la serie de libros de texto Mester y Contexto de Lengua y Literatura para 1º, 2º, 3º y 4º de ESO, y 1º y 2º de Bachillerato. Su libro Escribir. Manual de técnicas narrativas , (Ed. SM y Círculo de Lectores), es un referente en los estudios de creación literaria. Entre 1993 y 2008 dirigió el Taller de Escritura de Madrid con siete especialidades (Relato breve, Personaje, Técnicas narrativas, Novela, Guión de cine, Poesía y Cuentacuentos), con 15 antologías de relatos publicadas.
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Número de horas: 8 horas (4 sesiones). Se puede adaptar para que sea más largo, o más corto.
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- Email: enrique@enriquepaez.com
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