Compañeros

 Cristina Cerrada

«...y la palabra humana es como una caldera rota

en la que tocamos melodías para que bailen los osos,

cuando quisiéramos conmover a las estrellas.»

Gustave Flaubert: Madame Bovary

Tenía que haber echado a Vicente en cuanto puso los pies en mi casa. Eso es lo que debí hacer. De haberlo hecho, ahora no tendría que soportar sus discos, ni sus asquerosos quesos franceses, ni su contrabajo. Se presentó aquí hace dos años o tres. No hacía más que un par de horas que yo me había levantado, la misma mañana que salió el anuncio en el periódico, cuando el muy cretino llamó a mi puerta. Vengo por lo del alquiler, me dijo. Yo ni siquiera había tenido tiempo de echarle un vistazo al periódico. Había puesto el anuncio el mismo día anterior, necesitaba el dinero. Mi mujer me había dejado, así que andaba algo deprimido, y tampoco me apetecía mucho vivir solo en una casa tan grande. La verdad, en aquel momento me alegré de ver resultados tan pronto.

Le dejé pasar. Me llamo Vicente, me dijo. Tenía la mano sudada, una de esas manos mullidas y sudorosas. Hablamos un momento en el comedor, le enseñé el cuarto, y luego nos tomamos un par de cafés en la mesa de la cocina. Dijo que venía del norte, a buscar trabajo, y que por esa razón no podía permitirse el lujo de alquilar una casa él solo. A mí me daba lo mismo. No acepto menos de treinta, le dije, calefacción y luz incluidas, y teléfono aparte, claro. Ni se lo pensó. Le pareció de perlas, y ese mismo día, justo a la hora de cenar, se presentó en mi casa con una maleta, y lo que parecía un instrumento enorme. Estoy aprendiendo a tocarlo, me dijo.

Aquel maldito instrumento resultó ser un violón, o un contrabajo, como él prefiere decirle. Para el caso es igual. Puede que al principio, no lo niego, hasta me resultara exótico tener en mi casa a un tío que tocaba el bajo. Los dos o tres primeros meses se liaba a tocarlo como un descosido después de la cena. Cenábamos a las nueve, y las diez ya estaba en su cuarto dándole al condenado instrumento. Cada cual suele comprarse su propia comida, pero cenamos juntos. Siempre cenamos juntos. Solemos hablar de fútbol, y de cosas por el estilo. También de mujeres, claro, aunque Vicente es uno de esos tíos sensibles que nunca dice nada soez sobre las mujeres, un coñazo de tío. Enseguida agarra su bote de cerveza, y se larga a tocar el dichoso violón. Es insufrible. Aguanté la tabarra del bajo con estoicismo, los cuatro primeros meses. Me hacía gracia. Al quinto le pedí que dejara de hacerlo, o que tocara más bajo. Eso hago, me dijo, tocar más bajo. Ésa es una de sus bromas preferidas. Tocar más bajo. Se cree uno de esos tíos graciosos, a los que todo el mundo quiere. Está siempre haciendo chistes estúpidos, de esos sin gracia, como la chorrada esa de tocar más bajo.

Hace cosa de un mes tuvimos unas palabritas, Vicente y yo, por culpa del puñetero instrumento. Estábamos cenando, en la cocina, una de mis latas de albóndigas caseras porque a Vicente, como de costumbre, se le había olvidado pasar por el súper.

—Ya es la segunda vez en lo que va de semana —le dije. No es que me importe compartir una mísera lata de albóndigas. No voy a salir de pobre por una lata de albóndigas. Pero es que me irrita. Es un jodido despreocupado—. La comida, aunque no te lo creas, no crece en los frigoríficos.

—Imagina lo que me han ofrecido esta tarde en la mismísima academia de música.

Esa fue su respuesta.

No había escuchado nada de lo que le había dicho. Aún tenía en su plato todas las albóndigas, sólo las había cambiado de sitio con el tenedor. Suele hacerlo a menudo. Es otra de las muchas cosas que me molestan de él, puede estarse tranquilamente más de una hora mareando la comida en el plato, sin decidirse a probarla.

—¿Vas a empezar, o qué? —le dije.

Había pinchado una albóndiga. Estaba moviéndola delante de mis narices, cuando soltó una risita, y me dijo:

—Me han ofrecido tocar el bajo.

Vaya una noticia. Llevaba más de año y medio dando tumbos de un tugurio en otro, sin aguantar ni una semana entera, pellizcando las cuerdas del dichoso contrabajo para no sacar nada de provecho.

—Si no pensabas probar las jodidas albóndigas, ¿para qué me haces abrir el bote? —le dije.

—Va a ser estupendo —añadió, como si no hubiese oído nada—. Es un cuarteto de cuerda. Un cuarteto de los de verdad.

Miró la albóndiga todo sonriente, igual que si acabase de reconocer a su madre en ella, y luego le dio un bocado.

—Tocaremos en todos los centros culturales de la ciudad —continuó—. Puede que incluso salgamos. Si aquí les gusta.

Yo ya había acabado con todas mis albóndigas, estaba rebañando la salsa, y él en cambio seguía con su plato lleno, además de ese trozo que aún tenía pinchado en el tenedor. Me estaba poniendo nervioso.

—Estas albóndigas serán de bote —le dije—, pero me he molestado en comprarlas, en calentarlas, y en ponértelas en el plato. ¿Que no las quieres? Pues dilo, y me las como yo.

Si hay algo que odio de verdad en este mundo, es que las personas no entiendan el valor de las cosas. Allí estaba el tío, comiéndose mi bote de albóndigas, es decir, mareándolas, y sin dejar de dar vueltas al maldito tenedor delante de las narices. Parecía hipnotizado.

—Joseph Haydn —dijo, de pronto.

—¿Qué?

—Joseph Haydn. Tocaremos piezas de Joseph Haydn. Un monográfico sobre Joseph Haydn.

—Y qué.

—Fue un músico extraordinario. Compuso ochenta y tres cuartetos, allá, por el siglo dieciocho.

Dio un trago de su cerveza, y por fin se metió en la boca el trozo de carne que había estado mareando en el tenedor.

—Tendré que ensayar noche y día —dijo, quitándose la servilleta.

—Ni hablar —contesté.

Luego, con el tenedor, comenzó a hurgar de nuevo entre las albóndigas que aún le quedaban en el plato.

—Empezamos el próximo mes, así que tendré que emplearme a fondo. Últimamente no he tocado nada de música sinfónica, una pena, tendré que ensayar seriamente. Ya sabes, no es lo mismo pellizcar las cuerdas e improvisar cualquier cosa, algo que suene a jazz, que acariciar con el arco ese precioso cuerpo de madera pulida.

—¿No me has oído? —le dije.

—No será fácil, eso desde luego. Pero ya me lo han ofrecido, y no pueden echarse atrás.

Hundió el tenedor en una de las albóndigas, y se la metió en la boca como si nada, con toda tranquilidad.

Estaba pasmado. No lo podía creer. El tío estaba seguro de que podía disponer de mi casa. Estaba convencido de que yo no le iba a poner pegas a que me torturase durante noche y día con su jodido instrumento. La cosa tenía su gracia. Ya lo creo que la tenía. Desde luego, ese Haydn podía esperar sentado.

—Eso sí —continuó, después. Levantó los ojos del plato, y me clavó su mirada—, con un poco de suerte, si salimos fuera, puede que no me veas el pelo en una temporadita larga.

Eso me dijo. En ese instante sonó el teléfono. Vicente aún seguía mareando las dichosas albóndigas dentro de su plato, así que me levanté yo. Contesté. Volví a contestar otra vez. Pero nadie me respondió, no había nadie en el otro lado.

Colgué el teléfono. Me cabrean una burrada esas llamaditas anónimas, así que estaba bastante irritado.

Apagué la tele, que aún estaba puesta en el comedor, y volví a la cocina.

—¿Quién era? —preguntó Vicente.

Le dije que no era nadie.

Abrí el frigorífico, y saqué de dentro el paquete de helado que había traído esa tarde del centro comercial. Luego me fui al armario donde está la vajilla, cogí dos platos de postre, y le puse a Vicente su trozo al lado del plato de albóndigas. Aún las tenía allí.

—Toma —le dije—. Y deja ya eso. Ya que te gusta tanto comértelo todo frío, al menos prueba un poco de helado.

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